La verdad a veces duele, suele ser caprichosa, pero aunque duela y te demande tiempo, es un trabajo que no puede compensarse con nada... pues el mismo regalo que la verdad te da, es la "verdad" misma.
En el capítulo IV del libro segundo de Confesiones, Agustín nos relata que cuando andaba de pandillero hurtó frutos de un peral. Él y sus amigos se deleitaron en hacerlo. Imagínense, un grupo de adolescentes cargados de adrenalina por robar peras, pero no excitados por el hecho de comérselas, sino por la acción misma de transgredir lo prohibido.
Nos cuenta el filósofo que cuando tenían los frutos se los tiraron a los puercos, es decir, su rollo era andar de malilla y disfrutar de la anarquía. Sin embargo, eso no es lo sorprendente, lo admirable es concebir al joven contento por tirarles kilos y kilos de frescas peras a los cochis. Entonces, en estas consideraciones surgen tres preguntas: ¿Quiénes fueron los más perjudicados? ¿El santo Agustín, el dueño del peral… o los cerditos?
La manada duerme, necesita un abejorro que le provoque brotes de roña para que despierte de sus llagas, de sus fétidos olores.
¿Quién será ese sutil zancudo? Una avispa nihilista ante la belleza que los lobos inculcan a sus crías de zorras: costumbres estéticas sazonadas con carne podrida que llenan las barrigas de las hienas y les hace carcajearse por comer carroña. ¿Y quiénes son las zorras? Los bípedos maquillados con ilusiones fantásticas falaces.
Tales animalitos no están desprotegidos, no habitan a la intemperie, los pastores del rebaño han hecho un buen trabajo. ¿Por qué criticar, oh viejo hombre, a los veladores y atalayas del pueblo si le han dado a cada borreguillo la comida predilecta de sus vísceras? No os preocupéis cuidadores, la fatalidad lo demanda. El hombre lo es no por su razón sino por el anhelo entrañable que demanda en estos tiempos: ¡mirad la ternura con que las serpientes amamantan a los perrillos, qué delicadeza! ¡Observad a las comadrejas alabando la fragancia pomposa del zorrillo, qué alegría!
II
Se asoma la decrepitud al espejo, éste último junto con sus compañeras le han hecho maravillas al rostro decadente, por lo que ahora se encuentra feliz, aglutinando un éxtasis tan plácido que ha embelesado constantemente las fisuras eternas de su cara. Pero da lo mismo, nos hemos vuelto carentes de reinvención, y así, los pasos se desvanecen a la orilla del salado mar, la desesperanza hunde su grito en un colorido bosque de superficie solaz en cuyo hábitat se engendran frondosas vegetaciones de veneno y espinos.
III
La manada ha sido anestesiada con injurias y con cloro de las cloacas, ¿alguien osa interrumpir su hibernación y revivir lo que era? Somnolientos sus pasos se fatigan y se rinden al instinto, ¿es que ya no queda nada de ella?
Los corderos han ido degradándose, contentos cantando y tomados de las manos se dirigen a un holocausto metamórfico; engalanados y con enormes bríos se apresuran a la fiesta en donde esperan ser los anfitriones; confetis de frivolidades, serpentinas tecnológicas, alimentos virtuales han de transformarlo. ¿En dónde se quedó el paupérrimo hombrecillo, ése que no soportaba los vituperios de lo desconocido, de la ignorancia, de lo inaudito? ¿Está ahí, allá, acá, aquí… se perdió, dejó de buscarse, se fue… es que hizo a un lado el arte que discurría entre los vértices de lo bello, bueno y verdadero?
IV
Ejércitos de hormigas esclavas hoy añoran lo sintético, y así, yacen exhaustas de reunir las cosechas provenientes de las siembras primigenias ya que ahora se esfuerzan en alcanzar el pabellón de las migajas transgénicas; riñen, contienden consigo mismas por la melancolía de su flacidez mórfica y su tórax rollizo. ¿Notáis la injuria? ¿Descubrís la mofa?
La manada, somnolienta cae en los disturbios. ¿Podrán despertarla de su sueño; avivarla ante las sombras de las nubes ácidas?
El amplificador ya no funciona. Quedó taciturno y rebelde a mis mandatos de que encendiera, sin embargo ahí lo veo, varado en mi escritorio, viejo, sucio, empolvado de ilusiones viejas y tocadas amateur, esperando a que un transgresor de paradigmas lo arregle para hacerlo un portavoz de sonidos que atropellen las fibras profundas de las almas jadeantes .
No pienso comerciarlo o destruirlo. Sé que en un intempestivo momento volverá a relucir con su ronca voz de distorsión cuando yo esgrime mis recuerdos a través de la guitarra. Aun así, ninguno de los dos estamos listos para emprender el camino a tal sensibilidad, inclusive, aunque el amplificador guarde su configurada ecualización yo no poseo la terquedad de iniciar las melodías. Entonces veo que él, aunque no funciona, permaneció estático y en el mismo lugar, en cambio yo, esforzándome en mis creaciones, olvidé el principio de mi sino creativo.
Hemos exaltado la muerte concibiéndola como el diámetro que ajusta lo vital, la supervivencia, el poder de estar vivos. El exhausto peregrino desea yacer en el inerte polvo dejando tras de sí su voluntad, permitiendo que las cucarachas corroyan su débil cuerpecillo.
Qué fútiles somos al no percibir los espirales del tifón como impulsos hacia el eterno espacio. Nos cansamos, descendemos al hades de los silogismos suicidas, mas no ascendemos a los cielos impenetrables donde descansan los fuertes, los destructores de la muerte, los que reinan sobre las potestades de lo inorgánico.
Suele suceder, podemos derrumbarnos ante la adversa alabanza que rinden los locos para sí mismos, ditirambos que intercambian entre ellos para mantenerse egocéntricos de poder derrotar al hombre. Sin embargo, ellos se mantienen eximes de culpas porque nuestra voluntad es rendida por nuestras neurosis y flaquezas.
La muerte sobreabunda vanidosa, el perezoso ha tomado como estandarte sus designios. ¿Hemos de obedecer el dogma que estipula que el cese de la vida es terminación del espíritu y la historia? Nuestra historia no se reduce a simple materialidad, la trascendencia se levanta fervorosa sobre las llamas de lo visible rompiendo y quebrantando la lógica de este mundo. Somos eternidad, indelebles en la existencia de los siglos.
Terminemos la sinfónica raíz de la ignorancia, del engaño sobrepuesto a nuestras cabezas, a nuestros cuerpos. Debemos exigir a los hombres adelantarse a borrar al bufón danzante de las habitaciones perniciosas; obligarlos a empuñar la espada, y a sí, atravesar con su destreza la quimera y lo falaz de la desesperanza.